Home
Home
Home
HomeRussian Version

«Los dirigentes actuales no saben ni siquiera lo que es la cultura»


Que sí, que la Comunitat Valenciana es tierra de músicos. Cierto. Que en cada familia o casa suena un instrumento. Cierto. Que por la ciudad del Turia han pasado las primeras batutas del mundo. Cierto. Que siempre es una buena noticia recibir en los auditorios valencianos a los grandes maestros y ayer fue el turno de Yuri Temirkanov, uno de los más admirados del panorama internacional y sucesor del mítico Eugeni Mavrinski al frente de la Filarmónica de San Petersburgo.

En su séptima visita al Palau de la Música, Temirkanov se mostró más humano que genio, al menos, en su encuentro con la prensa. «Cuando era joven y tonto me gustaba mucho salir al escenario, ahora siempre salgo con muchas preocupaciones», aseguró. El director ruso confesó su miedo a la hora de enfrentarse a las preguntas de los periodistas («muy serias», matizó) y su temor de que sus respuestas sean bien traducidas. Mostró su buen humor y su cariño a Mayrén Beneyto, a quien besó con firmeza. Ejerció de antidivo.

A sus 75 años se siente a gusto con la batuta en la mano y sin pretensiones de abandonar su oficio: «Es extraño ser director de orquesta... es como ser el cura de la iglesia. Yo no dirijo música para despertar los instintos básicos como hace la cultura de masas. La música verdadera y genial pretende elevar a una persona sobre su vida cotidiana... al igual que un médico cura el cuerpo, la música puede curar el alma».

Con tales pretensiones, Temirkanov interpretó anoche las Sinfonías nº 1 'Clásica', la nº 7 de Serguei Prokjofiev y el 'Concierto para piano y orquesta' de Robert Schumann interpretado por el pianista español Javier Perianes. Después de su paso por Valencia, el maestro ruso actuará hoy en Madrid con otro programa. Son las dos únicas actuaciones en el país. «Me gusta venir a España e Italia... no sé por qué», afirmó.

Estas naciones poco se diferencian del resto en cuanto al envite de la crisis, a juicio del prestigioso músico. «En época de crisis lo primero que se ve afectado es la cultura porque los actuales dirigentes no llegan a entender que sin cultura un país no tiene futuro», sostuvo. Fue crítico con la clase política: «Antes los responsables de los estados eran personalidades más cultas que hoy en día, porque hoy los países son dirigidos por juristas, economistas y otros que no conocen siquiera lo que es la cultura».

Pese a la «terrible» situación económica, la directora del Palau de la Música aseguró el auditorio no abandonará la línea de traer «a los grandes directores». El director ruso se puso al frente de la Orquesta de Valencia en dos ocasiones, en 1996 y 1997. Desde que Temirkanov debutó en mayo de 1989 con la entonces Filarmónica de Leningrado, ha estado al frente de la Dresdner Philarmonie, la Royal Philharmonic o la London Symphony

La dulzura de Prokofiev

Temirkanov quiso destacar la rareza de interpretar la Sinfonía nº7 de Prokofiev y abordó la intrahistoria de esta partitura: un día Prokofiev se encontró con el también compositor Dmitri Shostakovich y le confesó que «no tenía dinero ni para comer». Para tratar de ayudarlo, Shostakovich convenció al jefe de una emisora de Moscú para que encargara a Prokofiev una sinfonía para niños. Esta melodía infantil es la nº 7. El titular de la orquesta de San Petersburgo defendió la «sencillez y la dulzura» de la pieza» pese a que «no tiene mucho éxito entre el público». Prokofiev es «uno de los compositores de los más geniales y destacados del siglo XX» caracterizados por una música «muy teatral». Según Temirkanov , «si Shostakovich describe su estado en la música, la de Prokofiev es más imaginativa».

Por último, Javier Perianes expresó su admiración por Temirkanov y la Filarmónica de San Petersburgo: «Una de las mejores formaciones del mundo y con una leyenda al frente».

 

Go to the original article >>


 

“Los dirigentes actuales no conocen ni siquiera lo que es la cultura”

 

 

Rostropovich se encontró un día en Moscú con Prokofiev, que le confesó que no tenía ni para comer. Stalin aún ejercía el poder absoluto en la extinta URSS y el compositor se había convertido en uno de los artistas apestados del régimen, acusado de “formalista”. El violonchelista “fue a la radio y convenció al jefe para que le encargara a Prokofiev una sinfonía infantil” que le procurara alguna ayuda. El resultado fue una composición “muy sencilla de interpretar, muy dulce y triste, como el poema de Pushkin que decía eso de mi tristeza es muy clara”, añadió este martes el director de orquesta Yuri Temirkanov.

Esa pieza, que “no tuvo mucho éxito aunque es maravillosa”, fue bautizada finalmente con el nombre de Sinfonía n.º 7 de Prokofiev y anoche fue interpretada en el Palau de la Música de Valencia por la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, a los órdenes del reputado director ruso.

Esa composición no reflejaba la realidad social de la URSS, pero sí otras que, sin embargo, pasaban desapercibidas, porque “afortunadamente, los dirigentes no entendían nada de música porque, si no, lo hubieran fusilado”, comentó Temirkanov. El director definió a Prokofiev como “uno de los compositores más geniales del siglo XX”. Desarrollaba una música “muy teatral, muy brillante, muy imaginativa”, mientras que, por ejemplo, la de Shostakovich es más descriptiva, apuntó el director. Anoche también se interpretó su Sinfonía n.º 1 Clásica, tal vez, la más popular de Prokofiev.

Dirigió a la Filarmónica de San Petersburgo en el Palau de la Música

Hace 20 años, Temirkanov alertó de la fuga de artistas y talentos de Rusia en un momento especialmente convulso para su país. Hoy, el músico de 75 años ve peligrar el apoyo a la cultura: “En todos los países la situación es similar. En épocas de crisis, la primera afectada es la cultura. Y hoy el poder es diferente. Antes los presidentes eran personalidades más cultas. Los dirigentes actuales son abogados, economistas, y otros que no conocen ni siquiera lo que es la cultura, porque no llegan a entender. Y sin cultura un país no tiene futuro”.

El director conserva la motivación después de una dilatada trayectoria que le ha llevado a dirigir formaciones como Dresdner Philarmonie, la Royal Philharmonic o la London Symphony. “Dirigir no es como la cultura de masas que despierta los instintos básicos”, sostuvo. “La música verdadera y genial eleva a una persona sobre su vida cotidiana” y “si los médicos curan el cuerpo, los directores curan el alma”, o al menos, eso espera. Por todo ello sigue dirigiendo. También comparó la dirección con el sacerdocio. Es, en cualquier caso, “una profesión extraña”, admite el director.

Rostropovich le echó una mano a Prokofiev al no tener ni para comer

No parecía sentirse cómodo en la conferencia de prensa, aunque no dejara de contestar ante la insistencia de los informadores. Temirkanov no se prodiga hablando. Reconoció que, a su edad, no tiene un especial por salir en los medios de comunicación. Más tarde confesó que le preocupan más los minutos previos a enfrentarse a los periodistas que los que anteceden a subirse a un escenario.

Además de la directora del Palau de la Música, Mayrén Beneyto y del subdirector, Ramón Almazán, Temirkanov estaba acompañado por el joven pianista español de gran proyección internacional Javier Perianes, quien interpretó anoche el concierto para piano y orquestal, de Robert Schumann. “Es el concierto romántico por antonomasia para un pianista”, explicó Perianes, antes de destacar el privilegio de tocar “con una de las mejores formaciones del mundo y una leyenda al frente”.


Go to the original article >>

 

A la antigua


Ver y escuchar a un director de orquesta irradiando tanta autoridad con tan parcos movimientos, es todo un espectáculo. Apenas unos gestos con los dedos, un leve movimiento de la cabeza, una esporádica inclinación del torso, un compás marcado al completo... de vez en cuando. Temirkanov ni siquiera utiliza la batuta. Los ojos, que el público no ve, pero sí los músicos, se convierten entonces en herramienta implacable para ajuste y expresión. La Filarmónica de San Petersburgo no parecía necesitar más para seguirle, dócilmente, por los derroteros que señalan Prokòfiev y Schumann. O, mejor: por alguno de los derroteros que, tanto Prokòfiev como Schumann, dejan abiertos en sus partituras. De casta le viene al galgo: ya vimos –cuando aún no existía en Valencia el Palau de la Música, y cuando la ciudad rusa aún se llamaba Leningrado- al anterior titular de la misma orquesta, el mítico Mravinsky, dirigiendo sentado de tan viejo que era, quieto como una balsa pero mirando a los músicos con extraña intensidad, algo que sólo se veía desde los palcos del proscenio y que resulta muy difícil olvidar.

Con todo, esta vez costó algo entrar en materia. La Primera Sinfonía de Prokòfiev se plasmó con una correlación de fuerzas que perjudicaba claramente a los vientos, en especial a esas pícaras maderas que no deberían quedar tan sumergidas en la masa de la cuerda, puesto que su papel es decisivo en la provocadora demostración de clasicismo que hizo el compositor. Poco a poco, sin embargo, parecieron equilibrarse las secciones hasta llegar al vertiginoso Finale, con el juego ajustadísimo de los instrumentistas contestándose unos a otros, sin desfallecer un momento.

Luego vino Schumann, y los rusos lo tocaron con ese fraseo elástico que casi hemos olvidado ya, porque ahora suele buscarse en mayor grado claridad y geometría. El Concierto en La se leyó como en oleadas de sonido libre, como si no existiera el compás, como un flujo marino de vibrante contenido melódico, tan consistente como dúctil, sin barras fronterizas, con una flexibilidad casi de recitativo. Javier Perianes se subió limpiamente a ese carro y fraseó también con todo el vuelo que puede tenerse cuando las teclas están dominadas y se puede tocar el piano sin preocuparse de tropezar... porque ya no se tropieza. Y se puede responder a la orquesta y a su director, y hasta dejarse llevar por ese perfume antiguo, contribuyendo, a pesar de su limpidez, al efecto de una cuerda de sonoridad apretada, palpitante, grande, para bien y para mal. Perianes hizo Schumann con los de San Petersburgo, y tocó, como pide exactamente ese concierto, sin enfrentarse a la orquesta ni defender a su manera la parte del solista, sino participando con ella en el trenzado del conjunto. Puede preferirse, naturalmente, un Schumann más diáfano que el de Temirkanov, más contenido, de mayor equilibrio pasional. Pero no cabe negar lo gratificante que resulta encontrar versiones con tanto vigor, con tanta emoción, con tanta solera. El pianista de Nerja regaló luego una delicadísima versión de la Serenata andaluza (Falla), donde mostró la vertiente más íntima de su concepción pianística.

En la Séptima, esa sinfonía que Prokòfiev hizo como encargo para la Radio de las Niños de la Unión Soviética, Temirkanov subió todavía más el termómetro y convirtió lo que generalmente se describe como una partitura tranquila, sin dramatismo ni choques violentos, en una música inquietante, donde se resaltaban con fuerza las líneas graves (¡vaya latidos los de los contrabajos!) y la densidad del sonido resultaba casi agobiante hasta para adultos. Compárese lo escuchado el martes con, por ejemplo, la versión grabada por Ozawa con la Filarmónica de Berlín. Será difícil decidirse por ésta o por aquella. El milagro es que nos encontremos ante la misma partitura. Y que ambas nos gusten.

De regalo, Temirkanov escogió algo muy ruso: la introducción al Kuda, kuda que canta en el bosque helado Lenski poco antes de caer, batido en duelo, en el II acto del Yevgeni Oneguin (Chaikovski). Y sonó como cuando todos los músicos se saben de verdad la historia.

Go to the original article >>

 

La fuerza del destino


El tiempo pasa, las emociones artísticas se renuevan. En la apreciación musical la memoria juega un papel destacado. El espectador de conciertos queda tocado algunas veces por una determinada interpretación. En 1982 la Filarmónica de Leningrado, bajo la dirección del gran Eugeni Mravinski, sentado en un taburete, realizó en el viejo teatro Real de Madrid una versión escalofriante de la Quinta sinfonía, de Chaikovski. En el recuerdo lo mantengo como uno de los momentos inolvidables de mi vida de espectador musical.

El pasado miércoles volví a escuchar a la misma orquesta, ahora con el nombre de Filarmónica de San Petersburgo, con la misma sinfonía, bajo la batuta de Yuri Temirkanov, su actual director titular desde 1988, y en su día, de 1967 a 1976, ayudante de Mravinski y director principal de la orquesta. No sé si Mravinski ha resucitado por unas horas o la tradición se mantiene. Lo cierto es que la orquesta realizó una versión tan antológica de la sinfonía que me hizo revivir aquella tarde mágica de 1982. Todo desprendía una fuerza arrolladora, una emoción incontenible. La sensación de verdad, de profundidad, se imponía.

La elección de los tiempos, la tensión musical, el virtuosismo individual y colectivo. Estos músicos llevan a Chaikovski en las venas y deben tener línea directa con el compositor. De otra manera no se explica. Temirkanov ya se había instalado en nuestros corazones operísticos en 1981 con una lectura vitalmente insuperable de Eugenio Oneguin, también de Chaikovski, en el teatro de La Zarzuela, cuando estaba al frente del teatro Kirov de Leningrado. Eran tiempos en que se celebraban con admiración las visitas de las compañías líricas del Este de Europa. Hace no demasiado renové mi admiración lírica por Temirkanov después de verle dirigir La traviata, de Verdi, en el teatro Regio de Parma, donde es director musical, en la puesta en escena del matrimonio Hermann. Curiosamente, Temirkanov no está en los circuitos mediáticos ni en los del mercado discográfico a la altura de sus méritos. Pero verle dirigir es un espectáculo impagable, sobre todo si está con su orquesta de San Petersburgo, sobre todo si frecuenta el repertorio ruso.

En la primera parte del programa su lectura de la Sinfonía clásica, de Prokofiev, fue primorosa, y la manera en la que arropó a Javier Perianes, onubense (de Nerva, nada menos) y último Premio Nacional de Música, en el romántico Concierto para piano de Schumann, fue ejemplar, pues permitió al artista total libertad, con lo que Perianes hizo un despliegue de fantasía con la misma naturalidad que si estuviese tocando para los amigos. Qué brillante carrera la del joven pianista. Claro, después vino la Quinta y el tiempo se paró. Les confieso que hacía mucho tiempo que no gritaba “bravo” a pleno pulmón en el Auditorio.

Go to the original article >>

 

_______________________________

_______________________________

St. Petersburger: Sparsame Gestik, reicher Gehalt
_______________________________

Alte Schule, wärmende Klangspeisen

______________________________

Temirkanov et Freire:
un concert entre flamboyance et intimite

_______________________________

De hand van Guido

Vergane glorie uit Sint-Petersburg 

_______________________________

Nelson Freire, Yuri Temirkanov 
en Sint-Petersburg Filharmonisch Orkest, 
BOZAR Brussel

Twee éminences grises, één concert

_______________________________

Iouri Temirkanov joue Prokofiev et Tchaïkovski 
Boris Belkin (violon) et Nikolaï Demidenko (piano) 
Orchestre Philharmonique de Saint-Pétersbourg
 

_______________________________

Le blog du Wanderer

MC2 GRENOBLE 2012-2013:
Yuri TEMIRKANOV DIRIGE L’ORCHESTRE PHILHARMONIQUE
DE SAINT PETERSBOURG
le 14 NOVEMBRE 2012 (PROKOFIEV-CHOSTAKOVITCH)

_______________________________


Yuri Temirkanov, défenseur inspiré du lyrisme de Prokofiev 

Le 21 novembre 2012
par Joseph Thirouin

Paris. Théâtre des Champs-Élysées.

17-XI-2012
Sergueï Prokofiev (1891-1953):
Concerto pour violon et orchestre n°2 en sol mineur op.63
Roméo et Juliette, suite pour orchestre op.64b (extraits)
Boris Belkin, violon

18-XI-2012
Sergueï Prokofiev (1891-1953):
Concerto pour piano et orchestre n°3 en do majeur op.26
Piotr Ilich Tchaïkovski (1840-1893)
Symphonie n°4 en fa mineur op.36
Nikolai Demidenko, piano

Orchestre Philharmonique de Saint-Pétersbourg

Direction : Yuri Temirkanov

Sur la page internet présentant les deux concerts que Yuri Temirkanov a donnés ce mois de novembre au Théâtre des Champs-Élysées, figure un extrait d’une captation effectuée dans la même salle il y a quatre ans : le même chef, et le même Philharmonique de Saint-Pétersbourg, jouaient la Symphonie classique de Prokofiev, avec une allégresse et une vivacité que l’enregistrement et le passage du son par internet ont gardées intactes. Peut-être l’intention du site du théâtre est-elle de faire regretter aux internautes, devant tant de qualités d’interprétation, que cette pièce n’ait pas été proposée dans les programmes, mais c’est absolument manqué, puisque les deux concerts ont été d’un égal niveau de réussite : enthousiasmants de bout en bout.

 

Ces quelques bribes de la Symphonie classique résument bien, par ailleurs, l’esprit des œuvres qui ont été choisies pour ces deux soirées, et dont l’ambition était de faire valoir tout le génie mélodique de Prokofiev, digne de celui de Mozart ou de Haydn, alors que captive parfois trop exclusivement son amour de l’agitation rythmique. Deux concertos, et plusieurs numéros des suites pour orchestre extraites du ballet Roméo et Juliette étaient accompagnés d’une Quatrième symphonie de Tchaïkovski, pour attirer l’attention sur la parenté de l’inspiration des deux compositeurs (bien que chacun soit amené à traiter ensuite son matériau selon des références qui lui sont propres) : à une connaissance pointue de la tradition mélodique russe se superpose chez eux une capacité d’invention inépuisable, tellement imbriquée dans la première qu’il devient presque impossible de distinguer les thèmes authentiquement populaires de ceux qui ne le sont que par imitation. Mais dans le cas de Prokofiev, le XXe siècle a apposé son sceau : les couleurs harmoniques, les manières de développer, ou enfin le goût des moteurs rythmiques déguisent ces mélodies, et donnent à ce type de lyrisme une saveur extrêmement particulière.

 Yuri Temirkanov perçoit cette ambiguïté avec une subtilité digne d’éloges. Il prend le parti, sur lequel les deux solistes s’entendent – tant le violoniste Boris Belkin que le pianiste Nikolaï Demidenko –, de placer le paradoxe au premier plan : il ne se laisse pas aller à la facilité d’une interprétation post-romantique, qui serait un vrai contresens, mais grâce à des tempi extrêmes (très pesants dans les parties martiales, ou très alertes dans les parties rapides), qui accentuent le côté mécaniste de la pensée rythmique, et la distanciation de Prokofiev face à sa propre expressivité, il fait ressortir les trouvailles mélodiques sans aucune platitude. C’est ainsi que Temirkanov livre une vision de cette musique qui est pleine de fougue, capricieuse, acidulée, mais qui séduit terriblement par son piquant.

Il est servi en cela par l’Orchestre philharmonique de Saint-Pétersbourg, car si sa direction est d’une rigueur et d’une élégance impeccables, les instrumentistes n’en sont pas moins admirables. C’est l’orchestre dont tout chef doit rêver : une flexibilité qui permet de splendides effets d’accélération ou de retenue ; une homogénéité à toute épreuve, tout particulièrement dans le pupitre des cordes, mis pourtant à rude épreuve dans ce genre de musique ; des solistes à peu près tous éblouissants, qui rehaussent la texture sonore des leurs délicates interventions ; des percussionnistes qui scandent le discours sans la moindre bavure, et sans non plus l’envahir ; enfin, une précision dans les nuances dont témoignent aussi bien les tutti enflammés que les instants où la musique n’est plus qu’un souffle.

Le Scherzo de la symphonie de Tchaïkovski était à cet égard une franche réussite. Ce mouvement aux accents burlesques peut être joué de manière agaçante : les différentes parties, qui sont chacune confiée à une section de l’orchestre (les cordes en pizzicati pour la première, les bois pour la seconde, et les cuivres pour la fanfare un peu gauche qui suit), sont difficiles à agencer si l’on veut proscrire toute vulgarité du discours. Mais ce qui n’est qu’une pochade chez certains devient avec Termirkanov une captivante démonstration de brio, électrique, maîtrisée, jubilatoire. Tous contribuent à faire de cette page une parenthèse quasiment loufoque, après la gravité du plaintif Andantino en modo di canzona qui a précédé. Le Finale, scène de liesse populaire, échappe lui aussi heureusement à la trivialité : la qualité des cordes leur permet de réaliser sans trop les appuyer les gammes fastidieuses qui émaillent la partition, et Temirkanov utilise l’élan donné par ces traits pour faire converger toute la musique vers le rappel du thème du premier mouvement, sorte de « thème du destin » clamé par les cuivres, qui glace les sangs comme le ferait un arrêt de mort.

 Mais revenons à la musique de Prokofiev, qui n’est pas en reste. Boris Belkin, dans le second concerto pour violon, vibre à l’unisson de Temirkanov. Malgré un premier mouvement moins bien conduit, mais que sa longueur rend en effet plus difficile d’exécution, la romance centrale est très convaincante : en face d’un violon à l’expressivité parfaite, l’accompagnement en pizzicati empruntés des cordes semble légèrement goguenard. Quant au Finale, une pseudo espagnolade rythmée par les castagnettes, il est joué avec une densité et une impétuosité extrêmes, qui prouvent que Boris Belkin possède un art de la virtuosité à l’égal de sa sensibilité musicale.

Les suites extraites de Roméo et Juliette sont vraiment jouées à la perfection. La fameuse pièce Montaigus et Capulets qui ouvre cette partie du concert donne le ton, féroce et mélancolique par endroits. La vitalité rythmique de Temirkanov s’accorde d’elle-même à celle de la partition du ballet.

Le pianiste Nikolai Demidenko, très honorable pourtant, constitue par la force des choses le point sensiblement plus faible de ces deux concerts. Dans le Troisième concerto, on peut en effet se plaire à modérer les tempi naturels pour rendre la musique encore plus grinçante (lorsqu’il s’agit du second thème du premier mouvement, ou encore du simulacre de valse qui ouvre le troisième), mais dans une œuvre aussi résolument brillante, il faut faire une place à la fantaisie. Regrettons donc que l’apothéose conclusive – les guirlandes en glissade du piano, si lumineuses et si limpides – ait été jouée comme à un examen de solfège.

Notons enfin une habitude de Temirkanov, pas si fréquente que cela : celle de proposer au public des bis orchestraux, des œuvrettes sans rapport avec le programme, des morceaux plaisants et un peu rebattus (une transcription du Tango d’España d’Albéniz, par exemple) qui permettent à l’orchestre de briller une dernière fois, tout en se moquant gentiment de lui-même. Une attitude très digne d’un Prokofiev, en somme !

Go to the original article >>

 

Une leçon d'harmonie venue de Russie


Le Monde.fr | 19.11.2012 à 12h54
Marie-Aude Roux

Aprиs Lyon et Grenoble, l'Orchestre philharmonique de Saint-Pйtersbourg et son chef dйbarquaient а Paris pour deux concerts au Thйвtre des Champs-Elysйes les 17 et 18 novembre. La direction de Yuri Temirkanov ressemble а une envoыtante plongйe dans un monde que l'on pourrait croire disparu si le grand chef russe, l'un des derniers monstres sacrйs du siиcle dernier, ne le tenait prйcisйment enfermй dans sa baguette.

Car Temirkanov est directeur musical d'un orchestre lйgendaire, l'ex-Philharmonie de Leningrad dont le destin bascula avec Evgueny Mravinky en 1938 (l'annйe mкme de la naissance de Temirkanov). Cette lйgende de la direction d'orchestre devait en faire l'un des meilleurs sinon le meilleur orchestre du monde durant cinquante ans d'un rиgne absolu qui ne s'acheva qu'а sa mort en 1988. Temirkanov, qui йtait devenu son assistant en 1967 aprиs avoir remportй le prestigieux Concours soviйtique de direction d'orchestre en 1966, et avait ensuite йtй nommй directeur artistique du Kirov et chefs invitйs de nombreux orchestres anglais (notamment le Royal Philharmonic Orchestra), lui succйda naturellement.

Boris Belkin, une expressivitй exempte de sentimentalisme

Tйmirkanov, qui fut d'abord violoniste et altiste a choisi son compatriote Boris Belkin pour interprйter le Concerto pour violon n°2 op. 63 de Prokofiev. Ce violoniste soviйtique passй а l'Ouest а 26 ans en 1974 (pour s'installer en Israлl oщ il sera naturalisй) possиde d'infinies qualitйs de chant et de souplesse. Dans cette musique oщ beaucoup privilйgient une certaine forme d'йpure non sans parfois une crispante sйcheresse, il trace des pleins et dйliйs d'une йlйgance folle.

La sonoritй est ronde, gйnйreuse, йlancйe. L'archet, dont il fourbit de la main la longueur du bois comme on йprouve la lame d'un fleuret, est sыr et sans esbroufe. Dans le deuxiиme mouvement, longue ligne de chant solitaire expressive sur accompagnement de cordes et clarinettes, il reste au bord d'une mйlodie tenue et contenue sans le moindre dйbordement sentimental. Le dernier mouvement, contre-pied brillant des deux prйcйdents, dйploie une verve acerbe et parfois grinзante que Boris Belkin et son violon Roberto Regazzi de Bologne servent avec une rigueur.

Contemporain du concerto, les deux premiиres suites de Romйo et Juliette, premier grand ballet de la pйriode soviйtique que Prokofiev composa en 1935 juste avant son retour au pays aprиs 18 ans passйs а l'йtranger. Les huit extraits des deux suites, qui renouent avec l'intensitй du lyrisme russe sans oblitйrer pour autant la violence expressionniste de la prйcйdente pйriode de Prokofiev, mettent en valeur les qualitйs incroyables de cet orchestre reconnaissable entre tous par l'йnergique verdeur de ses vents aux sonoritйs sauvages oщ le son semble exsuder la matiиre.

Pianissimos virginaux

La ligne rugueuse du hautbois, le sarcasme d'un basson, un bref aboi de contrebasson sont comme des objets sonores. Les cuivres, d'une prйcision exemplaire, йclatent comme а l'assaut guerrier ou geignent en sourdine. Chaque pupitre de cordes est aux taquets. Quelques passages solistes sonnent comme un concerto, les entrйes de contrebasses ouvrent des brиches а coup de bйlier. Il y a un jus incroyable, luxuriant, une maniиre de vie а l'йtat brut, non sans raffinement.

La battue de Temirkanov, sobre et parcimonieuse, tire aussi de cette mer orchestrale des pianissimos virginaux comme des voiles de jeunes filles. Tous jouent comme si la musique йtait la seule chose qui vaille avec une technique stupйfiante dans l'individuel comme dans le collectif comme en tйmoigne la furia des cordes dans La mort de Tybalt qui clфt la Suite n°1.

Avant de revenir avec son orchestre russe le 17 juin 2013 au Thйвtre des Champs-Elysйes pour un programme liй aux ballets russes, Yuri Temirkanov sera а Paris les 14 et 15 fйvrier 2013, salle Pleyel, avec l'Orchestre de Paris.

Go to the original article >>
 

St Petersburg SO/Alexander Dmitriev at Cadogan Hall – Vaughan Williams & Rachmaninov – Freddy Kempf plays Paganini Rhapsody


 

To attend a concert given by the St Petersburg Symphony Orchestra and Alexander Dmitriev is like stepping back in time. This is one of those legendary partnerships that have all but disappeared today. Dmitriev has been at the head of this orchestra for thirty-five years. The closeness of the relationship shows in the exquisite moulding of phrases, entirely natural rubato and purity of tone.

The concert opened with a gem from the English repertoire. Alexander Dmitriev’s conception of Vaughan Williams’s wonderful Tallis Fantasia was spacious, ethereal and utterly beautiful.

The rest of the concert was devoted to Rachmaninov. Before the Second Symphony came a scintillating and gripping performance of the Paganini Rhapsody. Freddy Kempf was the young tyro taking on its numerous challenges and sailed through with flying colours aided by seasoned support. At one moment mercurial, at another spacious and thoughtful; the famous Variation XVIII slipped into our consciousness and never left it.

I have never heard Rachmaninov’s Second Symphony played live by a Russian Orchestra. This was mesmeric playing by musicians with the ebb and flow of the music in their blood, guided by one of the greatest unsung conductors alive today. Dmitriev is a man of utter loyalty to his native city and its orchestra and led a sublime, completely natural, focused and unrushed interpretation of Rachmaninov’s greatest work.

For encores, more Rachmaninov, his Vocalise, and ‘Spanish Dance’ from Glazunov’s ballet Raymonda, which only reinforced the feeling that this concert was one to treasure.

17.10.2012 г.

 

Go to the original article >>

St Petersburg Symphony Orchestra play Rachmaninov and Shostakovich in Edinburgh

 

A neighbour at a recent visiting orchestra’s Edinburgh Festival concert asked me what I thought of the atonal frenzy in the pre-performance free-for-all; warm-up scales mingled with sneak peeks at tricky passages. My response was that a school orchestra would not be allowed to do this. Contrastingly, the vista before this St Petersburg Symphony Orchestra’s Usher Hall concert consisted of an unpeopled stage. The orchestra filed on in a matter of seconds. Coupled with white tie and tails appearance, this may have struck some as overly formal. For me there was more a feeling of “here we are in your town to play for you”. They quickly tuned to the piano before Alexander Dmitriev and Freddy Kempf stood centre-stage to acknowledge the warm welcome of this sell-out crowd.

Rachmaninov’s Piano Concerto no. 3 in D minor begins in a similarly no-nonsense way. A tiny orchestral introduction ushers in the piano and, pretty soon, much loved trademarks of this composer are in full flow: long soaring themes supported by rich adventurous harmony; piano writing only possible from a fine player. A soloist such as Freddy Kempf eclipses the adversarial and individualistic nature of the concerto genre and music’s more appealing characteristics shine. The beauty of his tone was the first of these to strike me. Technique seemed such a given that lyrical phrasing, balance and musicianship could be enjoyed. I was struck in one of the second movement’s quieter moments, where the piano pretty much single handedly brings us down from a climax, how “advanced” the harmony sounded. I mean this less in the sense of abandoning tonality, but more in the use of jazz harmonies which would not be common parlance for decades to come. There was nothing short of an uproar of appreciation at the end of this fine performance and Kempf acknowledged this with a very sensitively played extract from Liszt’s transcription of Wagner’s Liebestod.

It had already been quite a weekend for lovers of Shostakovich in Edinburgh. Peter Oundjian’s tenure with the RSNO had offered an explosive rendition of the Eleventh Symphony. Similarly strife-laden in background, Symphony no. 7 in C major has special significance for the St Petersburg Symphony Orchestra. Their current tour represents a double celebration: the orchestra’s 80th birthday, and the 70th anniversary of the première of Shostakovich’s Leningrad Symphony, which was given by an early incarnation of the current orchestra – the Leningrad Radio Orchestra. The circumstances surrounding this work were extraordinary. Seven months into the 28-month siege of the city by German forces, the work’s performance was broadcast live in Russia, overseas and, via loudspeakers, to the besieging troops. I found the idea of lobbing music at the enemy completely gripping. Perhaps this informed my impression that some members of the percussion section had this historic broadcast in mind when playing: crashed cymbals were held high in ostentatious defiance; the tambourine player looked, on occasion, as though he were the city’s sole defender. I couldn’t help wondering if Britain would turn to a living composer, were a malefactor to menace our shores.

The lengthy ostinato in the opening movement is an exercise in pacing. Whenever there is drama to be heard in Shostakovich, a snare drum is never far away. Beginning very quietly, the invasion theme is draped over a military rhythm. Several appearances later, I found it difficult to remember how quietly it had begun. This section would be a great lesson in orchestration, but I have to be honest and say that was simply not in my mind at the time; I was completely carried along by the drama – and the sound! The sound of this orchestra at full tilt is wonderful: huge string sound, plangent brass, pungent wind, and explosive percussion. However, they are also capable of a delicately introspective sound.

As one might expect in a symphony lasting over an hour, moods contrast greatly. Shostakovich’s trademark irony is a constant. But there are also many dark, pained moments. Across the work, I was very impressed by the conducting technique of Alexander Dmitriev, who has been with the St Petersburg Symphony for an impressive 35 years. Regardless of the mood of a given movement, he seemed to regard his remit as the unambiguous transmission of information and his style was completely devoid of rhetoric; better to leave expression to the players.

This was a triumph of a performance and the audience were once again very vocal in their appreciation. Before the various sections were signalled to take a bow, the evening’s snare drum hero was singled out and I was pleased that everyone seemed to have been as thrilled as I had with his contribution. It was a great privilege to be at this celebration of one of musical history’s most dramatic events.

Submitted by Alan Coady on 10th October 2012

 

Go to the original article >>

St Petersburg Symphony Orchestra, Assembly Rooms, 4.10.12

 

The prospect of hearing the St Petersburg Symphony Orchestra, and conductor Vladimir Altschuler, in something as iconically English as Vaughan Williams's Fantasia on a theme of Thomas Tallis was intriguing. The work needs a resonant cathedral acoustic to make its full effect, and the second  orchestra was placed closer than ideal.

Even so, the orchestra really seemed to connect with a work they can't have played that often. The solo quartet had the measure of their intertwining counterpoint, and the second orchestra produced anattractive viol-like sound.

Oddly,the performance sounded more engaged than that of Prokofiev'sViolin Concerto No 1 that followed. Soloist Alexander Sitkovetsky floated the ravishing opening theme with poise, throwing off the technical challenges throughout the work with aplomb, and orchestral colours were vivid. But somehow the performance remained just a touch earthbound, never quite rising to the level of brilliant fantasy the music needs.

The powerful contrasts that mark Tchaikovsky's Fifth Symphony were convincingly integrated. The first movement allegro grew naturally out of the introduction, and the second movement was more of a piece than usual. Similarly, the finale emerged in a single sweep, with the concluding march sounding more than ever like defiance rather than triumph.

 

Go to the original article >>

 

 

St Petersburg Symphony Orchestra, St David's Hall

Russian orchestras have strength in depth and sometimes a history of earning their keep beyond the workload of their modern-day counterparts.

The great Leningrad Philharmonic has changed its name a few times and since the collapse of the Soviet Union is now the St Petersburg Philharmonic.

But since the 1930s there has existed another big orchestra in the city, the St Petersburg Symphony, which began life as the Leningrad Radio Orchestra. Its most memorable moment came in 1942 when its surviving members performed Shostakovich’s Leningrad Symphony while the city was under siege by German troops.

It recently celebrated its 80th anniversary, thirty of those years with chief conductor Alexander Dmitriev, and at this concert fulfilled most expectations of how a Russian orchestra deals with Russian music.

But first it dealt with English music in the shape of the Fantasia on a Theme of Thomas Tallis by Vaughan Williams. Concert platform versions of this work can never match those in places where the musicians can be geographically divided but this one did offer a taste of what was to come from the orchestra's enviable string section. To get to its full flowering in Rachmaninov’s Second Symphony it made its way via Tchaikovsky’s Violin Concerto in which the courageous and articulate soloist was Moscow-born Alexander Sitkovetsky, a protйgй of Yehudi Menuhin. The work was played as though its considerable difficulties did not exist. 

Go to the original article >>

 

 Russian Musicians Mark
70th Anniversary of Leningrad Symphony

October 8, 2012

RACHMANINOV: Piano Concerto No. 3
SHOSTAKOVICH: Symphony No. 7 “Leningrad”

 Two Shostakovich symphonies in the space of one weekend may seem excessive, even if the quality of what was on offer from Peter Oundjian and the RSNO was so high, but when the symphony on offer is the Leningrad, and it is played by the orchestra which is effectively the one for which the work was written, it’s worth the trip. In its original incarnation as the orchestra of Leningrad Radio, the St Petersburg Symphony Orchestra was the band that gave the Seventh Symphony its first performance in the besieged city, the very performance that was blasted at the German army through loudspeakers as the ultimate piece of morale-boosting propaganda. They are undertaking a UK tour to coincide with the 70th anniversary of that performance and tonight saw them arrive in Edinburgh, trailing star pianist Freddy Kempf with them. Kempf was never going to be a mere add-on, though. The technique he demonstrated in Rachmaninov’s third concerto was spectacular (it has to be for a work like this!), but the most impressive thing was the way he infused it with almost constant beauty of tone. Even the cadenzas had a singing quality to them, and he also showed a deft comic touch in the fast waltz of the second movement. He topped it off with a heady – and headlong – rendition of Liszt’s transcription of Wagner’s Liebestod.

The interesting thing about the sound of the orchestra, though, is their remarkable attention to detail, such as the agitated violin and viola figures that accompany the start of the concerto, which I’ve never heard as clearly delineated. They don’t have the raw, sometimes abrasive touch of their fellow countrymen of the Moscow Philharmonic, however; instead they play with more polish and refinement, a Russian sound that looks westwards towards Central Europe. The greatest element of this was the richness of their string tone, which can knock your socks off, most notably at the opening of Rachmaninov’s slow movement, lush and warm, but still with a tart element that gives it its peculiar character. It worked especially well in the Adagio of the symphony, an evocation of their home town at twilight which surged with feeling and expressiveness.

Simon Thompson

Go to the original article >> 

 

ST.PETERSBURG ACADEMIC
SYMPHONY ORCHESTRA
USHER HALL, EDINBURGH
 

October 9, 2012 

It is for the St Petersburg Symphony Orchestra players' riveting performance on Sunday night of Shostakovich's Leningrad Symphony. I'm not sure if I've actually heard this orchestra before (there are so many ensembles). It's an interesting outfit, a direct descendent of the orchestra of Leningrad Radio, whose members were the only musicians left in Leningrad during the long Nazi siege, and who therefore became a core group of the hastily-assembled orchestra that gave the legendary 1942 premiere of Shostakovich's Leningrad Symphony in the besieged city, amplified and played directly at the German lines.

The orchestra, now 80, is marking its birthday with a series of performances of the symphony, itself now 70. And Sunday's, in Edinburgh, was simply one of the best I've heard. The opening tempo set by conductor Alexander Dmitriev (about whose featureless, four-square direction I felt very cool) was broad, spacious, and long range, lacking at times, in each movement of the huge symphony, a sense of drive and purpose.

But that was countered, at every stage, by the concentrated intensity of the playing of the orchestra, which was so fierce it scorched, right through the long, notorious, juggernaut march of the first movement to the convulsive, battering coda, where the sheer physicality of the theme, poundingly dragged up from the bass to give us all a climactic thumping, was almost tangible. Great playing from a band more from an SSO than an RSNO mould, if you follow my drift.

The first half was given over to Freddy Kempf's lightweight account of Rachmaninov's Third Piano Concerto: strong enough on expressive lyricism, but desperately short on physical power.

Go to the original article >>

ST.PETERSBURG ACADEMIC
SYMPHONY ORCHESTRA
USHER HALL, EDINBURGH
 

 
Photoes


Milano - Teatro degli Arcimboldi:
Temirkanov e la Filarmonica di San Pietroburgo al MiTo

 

Juri Temirkanov, ospite abituale delle istituzioni concertistiche milanesi, propone per il MiTo un programma nel quale si intrecciano i miti pagani e religiosi della storia culturale e civile russa. Si direbbe un viaggio ormai ben conosciuto, visto il programma in buona parte noto e frequentato nelle nostre sale, fatto salvo per gli estratti dall'opera La leggenda dell'invisibile città di Kitež, eseguita integralmente svariati anni fa in forma di concerto proprio nella sala del Piermarini e di raro ascolto. In entrambe le pagine di Rimskij-Korsakov, oltre all'ammirare l'ampia tavolozza di colori utilizzata, si possono notare snodi armonici e sonorità che saranno poi sfruttate sia da Prokofiev che da Shostakovich, così da poterlo inscrivere di diritto nel novero degli innovatori di un linguaggio musicale che attinge si al patrimonio popolareggiante russo, ma svincolandolo dal quel senso di esotico e favolistico che spesso si vorrebbe attribuirgli. Meno sperimentale, in alcune frasi, invece la pagina di Prokofiev, dall'ampia esaltazione melodica in molti passi corali e di avvincente incalzare descrittivo nei momenti sinfonici.

Per entrambi gli autori, Temirkanov sceglie di ottenere la maggior chiarezza possibile nel complesso armonico e timbrico, conducendo la frase al suo apice con naturalezza e sottolineando le variazioni di fraseggio col suo gesto all'apparenza sin troppo asciutto e ridotto nella varietà. Il risultato finale è di straordinario impatto e suggestione. E parte del merito spetta alla Filarmonica di San Pietroburgo, nonché all'ottimo coro dell'Accademia Nazionale di Santa Cecilia. In primo piano gli ottoni, sollecitati soprattutto in Prokofiev nell'ottenere effetti timbrici e armonici complessi, per i quale oltre alla perfetta intonazione sono richieste sfumature raffinate. Eccellenti anche i legni e trascinanti come sempre gli archi. Menzione speciale al primo violino, solista nel primo brano di Rimskij-Korsakov.

Il coro romano, diretto da Ciro Visco, sfoggia sezioni compatte per emissione, timbro e attenzione alle dinamiche. Suggestivo soprattutto nelle parti in latino della cantata di Prokofiev.

Breve, infine, l'apparizione del mezzosopranoKetevan Kemoklidze, corretta ed appassionata, ma di timbro forse troppo leggero per la parte affrontata.

Al termine successo clamoroso, tanto che il pubblico scandisce con entusiasmo e applausi ritmati la propria approvazione; numerose le chiamate per Temirkanov, purtroppo non coronate dagli sperati bis.

Emanuele Amoroso

Go to the original article >>

 

Serata dedicata alla musica orchestrale russa tra metà
Ottocento e metà Novecento.

Allievo e maestro a confronto: il Coro dell’Accademia Santa Cecilia che incontra la Filarmonica di San Pietroburgo. Rischia di passare in secondo piano, nell’ampio ventaglio delle offerte di questa edizione di MiTo, quando in realtà la selezione di sabato 8 settembre agli Arcimboldi ha offerto, tra le tentazioni impressioniste dell’Aleksandr Nevskij , qui riarrangiato per coro, orchestra e mezzosoprano, e le soluzioni delle orchestrazioni de La grande Pasqua Russa e La leggenda dell’invisibile cittàdi Kitez e della fanciulla Fevronia, niente di meno che una delle possibili sintesi della nascita e dello sviluppo di una delle più importanti scuole nazionali del secolo scorso. Paganesimo e ortodossia si intrecciano a vari livelli, sia nell’opera corale sacra di Rimskij-Korsakov che nella sua opera maggiore, dalla quale sono stati selezionati estratti che hanno permesso alla platea di apprezzare l’originale valorizzazione dei timbri e dei colori orchestrali (non subordinati alla melodia come nel modello wagneriano) e allo stesso tempo la capacità del compositore di trasfigurare i materiali popolari, sia sacri che profani. Se lo Stravinskij parigino avrà più di un debito col compositore di Tichvin, è il caso di osservare quanto l’interpretazione offerta dal maestro Termikanov e dall’orchestra pietroburghese sia coerentemente in linea con un’idea compositiva che predilige la pulizia all’espressività più immediata. Risulta di conseguenza leggermente dimessa la resa del Nevskij, che rimane comunque significativamente attenta ai timbri e alle dissonanze disposti dalla partitura, nonostante il riarrangiamento mostri inevitabilmente il depositarsi di una sensibilità che per forza di cose non può essere quella del secolo scorso e una prova vocale, della peraltro apprezzata Ketavan Kemoklidze, emotivamente piuttosto meccanica e distaccata, seppure inappuntabile. Difficile comunque restituire a pieno le tensioni di cui si fa carico la musica del compositore nato a Sontovska, notevole piuttosto che essa sia stata proposta proprio dopo l’opera del suo maestro che ha rappresentato la prima folgorazione di Prokof’ev, all’epoca quindicenne, al Teatro Marinskij di San Pietroburgo.

Go to the original article >>

Temirkanov riscopre la grande anima russa

ÈIL quarto MiTo per Yuri Temirkanov. Nelle precedenti edizioni del festival, il celebre direttore aveva affrontato programmi russi "mitigati", nell' ispirazione, dalla cultura americana, italianao più europea. Oggi, a capo della leggendaria Filarmonica di San Pietroburgo, di cui il maestro caucasico è pensiero e gesto dal 1988, torna con musiche di matrice integralmente russa. Musiche che da quelle parti s' ingeriscono col latte materno, ma che da noi si ascoltano abbastanza raramente: La grande Pasqua russa abbinata a estratti da La leggenda dell' invisibile città di Kitez, capolavori di Rimskij-Korsakov pregni della filosofia del "Gruppo dei Cinque" compositori che alla fine dell' ' 800 condividevano la volontà di dare alla musica russa un' identità autoctona rivisitando la propria musica popolare o, come nel caso della prima composizione, utilizzando temi liturgici della Chiesa ortodossa mescolati a radici folcloristiche e a strepitose esplosioni di colore. L' altro brano in programma (che già da solo varrebbe il concerto) è l' Alexander Nevskij di Prokofiev, la grande cantata per mezzosoprano, coro e orchestra (qui Ketevan Kemoklidze e il Coro di Santa Cecilia) che l' autore trasse dalla colonna sonora composta per l' omonimo film di Eizenstein del 1938. Frai7 numeri, indimenticabileè La Battaglia sul ghiaccio, con l' orchestra che innesca un inarrestabile motore ritmico a mo' di Squalo di Spielberg, da cui sgorga la solennità epica dello scontro frai teutoni crociati corazzati di bianche armature, che nel film si dispongono a cuneo sul ghiaccio, e i cavalieri russi capitanati dal principe Nevskij difesi dalle sole lance. Lavoro magistrale che sembra confezionato sulla capacità di "incendiarsi" timbricamente della compagine di San Pietroburgo.

 Go to the original article >>

Auditorium Rainier III

September, 1-2 

ST.PETERSBURG PHILHARMONIC ORCHESTRA

Yuri Temirkanov

Dimitri Maslennikov

Denis Matsuev

Lev Klychkov

Mrs. Smadar Eisenberg and Dimitri Maslennikov

 

Yuri Temirkanov, le grand souffle russe

Le chef a dirigé l’Orchestre philharmonique de Saint-Pétersbourg mardi soir au Septembre musical de Montreux. Un beau concert au lyrisme frémissant.

Yuri Temirkanov, c’est la tradition russe par excellence. Sous ses airs de gentleman, il a l’autorité d’un tsar. Ce chef d’orchestre, 73 ans, dirige depuis bientôt vingt-cinq ans l’Orchestre philharmonique de Saint-Pétersbourg. Mardi soir à l’Auditorium Stravinski de Montreux, le public l’a applaudi à tout rompre après une «4e Symphonie» de Tchaïkovski au souffle (très) ample. Une interprétation puissante malgré des imprécisions (aux cuivres en particulier!) dues sans doute à la fatigue accumulée au terme d’une tournée en Europe.

Yuri Temirkanov n’a rien d’un démiurge aux mouvements convulsifs et spectaculaires. Son souci: faire respirer le tissu orchestral. Ses gestes sont amples, quoique économes. A peine a-t-il entamé l’Ouverture «La Grande Pâque russe» de Rimski-Korsakov qu’on est séduit par ces cordes lustrées. Aux premières pages emplies de féerie (les solos d’instruments: violon, violoncelle, bois, harpe, etc.) succède un épisode plus enfiévré ponctué de fanfares noires aux cuivres. L’orchestre s’enflamme peu à peu pour devenir rutilant. Certes, on a connu des versions plus serrées et tendues mais la beauté des timbres envoûte les sens.

...........................................................................................................................................

Après l’entracte, Yuri Temirkanov empoigne la «4e Symphonie» de Tchaïkovski, «tube» parmi les tubes. L’introduction aux cuivres est un peu imprécise et molle. C’est surtout dans les passages élégiaques que le chef émeut. Il y a là une chaleur, une densité d’émotion que véhiculent les cordes fauves et les bois (solos de clarinette, flûte, hautbois…). Yuri Temirkanov n’hésite pas à forger un «rubato» qui permet à la musique de s’épanouir en toute liberté. Les «tutti» sont rutilants – quoique un peu empâtés parfois. Le «Scherzo» séduit par son épisode central aux bois pimpants. Dans le «Finale», l’orchestre sonne avec un panache typiquement russe. Ce son ample, riche, presque gras fait la signature de l’Orchestre philharmonique de Saint-Pétersbourg. Deux bis, l’un délicieusement langoureux («Salut d’amour» de Elgar), l’autre goguenard (une pièce avec un solo de trombone et un solo de contrebasse tirée de «Pulcinella» de Stravinski), enflamment le public. Une ovation à laquelle le chef répond la main sur le cœur.

Go to the original article >>

 

Máquinas de hacer música Quincena musical. Auditorio

Fecha y lugar. 27/08/12. Auditorio Kursaal. Donostia. Intérpretes. Nikolay Burov (narrador), Ketevan Kemoklidze (mezzosoprano), Dmitry Lavrov (barítono), Orfeón Donostiarra, Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, Yuri Temirkanov (director). Programa. S. Prokofiev: Iván el Terrible, Op. 116. Incidencias. Aforo completo. El último centenar de entradas se agotó en taquilla media hora antes del concierto. Larga salva de bravos y aplausos.

LA expectación previa al concierto y las ganas de escuchar a la Filarmónica de San Petersburgo quedaron satisfechas una vez concluido el concierto. Hubo, sin embargo, un pequeño atisbo de incertidumbre por las declaraciones previas del director titular Yuri Temirkanov, que había dicho: "Parece que solo sabemos hacer música rusa, y eso no es cierto". Ello invitaba a esperar cierta desidia a la hora de abordar la gran cantata Iván El Terrible, pero afortunadamente, los temores quedaron disipados. Aunque nadie ponga en duda que la formación rusa tenga capacidad para acercarse con calidad a otros repertorios ajenos al ruso, cierto es que su visión de la conocida partitura fue realmente destacable.

Para abordar el carácter plástico y descriptivo de la obra compuesta por Prokofiev para el trabajo cinematográfico de Sergei Eisestein, y exprimir al máximo los recursos orquestales para realzar la épica historia de Iván IV Vasilevich, Zar de Rusia entre 1547 y 1584, Termikanov dispuso la orquesta de modo atípico, con violines primeros y segundos enfrentados, y la cuerda grave destacando en la zona central, con los contrabajos detrás de los violines, separando la madera de los metales, e incluyendo a los dos solistas junto al coro, y dando protagonismo total al narrador dispuesto en el podio, junto a la batuta.

Si bien el resultado final fue impactante, y el trabajo del Orfeón Donostiarra estuvo a la altura, cierto es que la orquesta destacó sobremanera. Aunque hubo ocasiones en que los desajustes fueron más que notorios, quedaron en título de anecdótico, destacando sobre todo el trabajo de las trompetas, trompas, maderas y percusión, en una marea sonora donde dieron la sensación de ser máquinas de hacer música. La batuta de Temirkanov logró un sonido contundente, en ocasiones con unos fortes exagerados para la acústica que presenta la sala, pero a la vez supo extraer bellos pasajes llenos de contraste en líricos pianos.

El Orfeón Donostiarra -que fue aclamado extraordinariamente- sonó contundente con su centenar de voces. Mostró su gran sello, sus famosos pianísimos y un envolvente sonido homogéneo y lleno de poderío en los pasajes en fortísimo -el final fue estremecedor-. Destacaron las féminas en el coro a boca cerrada, sonaron reguladores bien planteados y ejecutados, y los hombres salieron airosos en la canción con el barítono solista. En general el coro estuvo a la altura, aunque no exento de mostrar también múltiples individualismos en los pasajes más agudos en tenores, o cierta debilidad en sopranos a la hora de mantener también los agudos o en algunas entradas donde se vislumbraron más de una duda. 

Por su parte, la mezzosoprano Kemoklidze cantó con gusto y elegancia, el barítono Lavrov brilló en su breve cometido y el narrador Burov dio un punto exótico a la velada que logró una larga salva de bravos y aplausos.

29.08.2012

Go to the original article >>

 

Una apuesta monumental

La Orquesta Filarmónica de San Petersburgo estuvo a la altura de las altísimas expectativas que su visita ha generado. Se desplazaron a Donostia con un efectivo enorme: 17 violines primeros, 16 segundos... junto al Orfeón, apenas entraban en el escenario del Kursaal. El sonido de la orquesta es magnífico en su rudeza tímbrica, con esos metales tan poco preocupados por sonar cálidos o esa cuerda que «rasca» ligeramente. Pero su enorme virtuosismo instrumental fue el vehículo perfecto para que Temirkanov levantara con toda su espectacularidad las escenas más monumentales de esta cantata épica. Si la Quincena Musical había hecho una apuesta arriesgada por lo enorme de este concierto, sus resultados artísticos la han recompensado con creces.

29.08.2012

Go to the original article >> 



Tres ases en la Quincena: Temirkanov, San Petersburgo y Orfeón

Tres ases: Temirkanov, San Petersburgo y Orfeón

Obras de Prokofiev, Rimsky Korsakov, Bruch y Tschaikovsky. N.Burov, K.Kemoklizde, D.Lavrov. S.Shoji, violín. Orfeón Donostiarra y Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Yuri Temirkanov. director. Auditorio Kursaal. San Sebastián, 27 y 28 de agosto.

Corrían los primeros años setenta y el público español aguardaba con la máxima expectación las visitas de la entonces mítica Filarmónica de Leningrado con el no menos mítico Mravinsky a su frente. El maestro se puso malo en una de ellas, siendo sustituido por dos jóvenes emergentes: Mariss Jansons y Yuri Temirkanov. Eran tiempos en los que los espectadores miraban con esperanza una democracia que se intuía próxima. Han pasado cuarenta años. Temirkanov vuelve como director consagrado, al que sin embargo su colega Gergiev ha adelantado mediáticamente, con la orquesta rebautizada como de San Petersburgo. En la sala no se ven miradas de esperanza ante nada, sino de desilusión y temor al futuro. Entre medias cayó la Unión Soviética, gran parte de los buenos atriles del conjunto emigraron a una Europa que les pagaba mucho más y la calidad musical rusa se resintió. Hasta Temirkanov pasó por mementos personales complicados. Han pasado cuarenta años. San Petersburgo cuenta con magníficos instrumentistas y su sonido, si no es exactamente el de antes, sí que resulta igualmente admirable. En Rusia, y más en la ciudad natal de Putin, hay el dinero para pagarles del que ahora carece mucha parte de una Europa en riesgo de disolverse como lo hizo la URSS. ¡Cuánto y qué poco son cuarenta años!

Vinieron a la Quincena donostiarra y no en plan de bolo, sino con una obra tan complicada como “Iván el Terrible” en el primero dos programas de marcado sabor a su terruño. Partitura de colaboración entre Prokofiev y Eisestein para un nuevo proyecto cinematográfico en tres partes que las autoridades rusas frustraron. Quedan unos setenta y cinco minutos de música en forma de cantata, con una parte recitativa de relevancia que dijo bien el “sprecher” Nikolay Burov y otra fundamentalísima del coro, presente permanentemente. Para satisfacción de todos volvió a escucharse el Orfeón Donostiarra de los mejores tiempos, afinadísimos y con perfecto empaste ya fuera en fortes o en los casi inaudibles pianísimos. Bravo!

Tocar para los rusos la obertura de “La gran Pascua rusa” debe ser como para nuestros músicos la “Boda de Luis Alonso”. Sirvió para abrir la segunda cita, también con sabor local salvo por la poco convincente incrustación del “Concierto para violín” de Bruch. La jovencita japonesa Sayaka Shoji parecía tener en sus manos más un chelo, o cuanto menos una viola, que un violín. Tal era su frágil presencia en comparación con el instrumento. Sin embargo sus finos bracitos mostraron un poder sonoro sorprendente. Técnica sin mácula pero ausente expresividad. Lo debutaba y se notó. Pero Temirkanov supo rellenar de profunda emoción la ” Patética”. Posiblemente sea el mejor heredero de la gran tradición tschaikovskiana. Sutilidad sin afectación el tiempo más amable, potencia contundente el tercero -interrumpido por una intempestiva ovación-, lento y concentrado primer tiempo con admirable construcción de su clímax y un memorable final cargado de profundidad y sobrecogedora disolución. Le quedaron ganas de lucir la soberbia cuerda en una de las variaciones “Enigma” de Elgar como colofón final. Emotiva despedida la de Tschaikovsky, como lo fue la de José Luis Ocejo del festival amigo de Santander. Los más de treinta años de intensa, entusiasta y fructífera dedicación merecían un final muy diferente. Hablaremos de ello.

Gonzalo Alonso

Go to the original article >>


IVÁN EL TERRIBLE (S. PROKOFIEV) 

Si las representaciones de La Flauta Mágica dejaron que desear, hay que reconocer que la Quincena Musical Donostiarra se ha apuntado un gran éxito con este concierto. Todo ha funcionado perfectamente, con algunos aspectos del concierto que han supuesto una agradabilísima sorpresa.

Sergei Prokofiev (1891-1953) es, sin duda,  uno de los más grandes músicos rusos y sus obras han ganado en popularidad en los últimos 20 años, en lo que ha influido de manera notable el Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Sus dos últimos directores –Yuri Temirkanov y Valery Gergiev – han sido grandes defensores de su música y han tenido mucho que ver en que hoy en día la música de Prokofiev goce de tan buena salud en los teatros de ópera y en las salas de conciertos.

Yuri Temirkanov

Iván el Terrible no es sino la banda sonora que Prokofiev compuso para la película de Sergei Eisenstein, con el que ya había colaborado en Alexander Nevsky. Las tres partes con las que tenía que contar la película nunca llegaron a completarse, al no estar de acuerdo Stalin con la visión que Eisenstein ofrecía del Zar Iván el Terrible. Tras la muerte del compositor, acaecida en Moscú el mismo día en que se dio a conocer la muerte de Stalin, Alexander Stasevich arregló la banda sonora  como cantata, que es la que se nos ha ofrecido en el concierto donostiarra.

La cantata Iván el Terrible es una obra grandiosa, impregnada de aires patrióticos rusos, que en muchos momentos recuerda a Rimski y Tchaikovsky, aunque en otros la personalidad de Prokofiev aparece en primerísimo plano. Está dividida en números cerrados (25) y requiere una gran orquesta (más de 110 músicos) y un amplio coro, además de un Narrador y dos solistas vocales.

Todas estas exigencias han estado perfectamente servidas en el concierto, en el que el veterano Yuri Temirkanov ha ofrecido una lectura magistral, dirigiendo con mano segura y firme las numerosas fuerzas musicales a sus órdenes. Es él el director titular de la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, que es la más antigua de Rusia y, sin duda, una de las más prestigiosas de aquel país. Tanto el maestro como la orquesta se ganaron a pulso la reacción entusiasta del público del Kursaal. Para quien escribe estas notas la sorpresa más agradable de la noche ha sido la actuación prodigiosa del Orfeón Donostiarra, que ha ofrecido una actuación superlativa. No faltó nada, desde unos piani prodigiosos a un poderío indiscutible, pasando por momentos en los que se notaba claramente que los coralistas estaban disfrutando con su interpretación de la partitura. Su director José Antonio Sáinz Alfaro, que no salió a saludar, merece mi más efusiva felicitación. En resumen, un gran concierto, con una magnífica interpretación de una obra extraordinaria.

El Orfeón Donostiarra y el Kursaal al fondo 

E ntre los solistas hay que destacar al actor Nikolay Burov como narrador. La mezzo  soprano Ketevan Kemoklidze y el barítono Dmitry Lavrov cumplieron a satisfacción en sus breves intervenciones vocales.

El público llenaba elKursaal y dedicó una recepción entusiasta y merecida a Temirkanov y todas sus fuerzas.

El concierto comenzó con nada menos que 8 minutos de retraso y tuvo una duración total de 1hora y 9 minutos, sin interrupción. Los entusiastas y merecidos aplausos finales se prolongaron durante algo más de 6 minutos, que pudieron ser más, si el maestro Temirkanov no hubiera decidido pedir a sus músicos que se retiraran del escenario.

Go to the original article >>

 

Opera di Roma, Napolitano in prima fila
al festival a Caracalla

 

di Federica Rinaudo
08.07.12


ROMA - È la scia di una stella cadente a rendere ancora più magica la notte nel complesso archeologico delle Terme di Caracalla, la cui maestosità conquista anche il Presidente della Repubblica Giorgio Napolitano intervenuto, in forma privata con la moglie Clio in fresco abito variopinto, per seguire ieri sera il concerto dedicato alla figura dell’eroe nazionale russo Aleksandr Nevskij di Sergei Prokoviev. Ma l’improvviso avvistamento della stella bianca con la sua lunga scia luminosa nel cielo distrae solo per un momento dalle altre stelle, quelle dell’opera, in scena e dall’intenso gioco delle luci, originale e accattivante, che sul palcoscenico aggiunge un ulteriore tocco di maestosità all’imponente scena naturale. Ma tutto questo ha contribuito a rendere ancora più emozionante l’ingresso del Maestro Jurij Temirkanov salito sul podio per dirigere l'Orchestra Filarmonica di San Pietroburgo, insieme all'Orchestra e il Coro del Teatro dell'Opera di Roma e unitamente al Coro della Cappella Pontificia Sistina, in un grande concerto formato kolossal.

Impressionante la presenza degli artisti sulla scena. Lo stesso Presidente Napolitano ne rimane affascinato e poco dopo rende partecipe dei suoi commenti anche il Ministro della Difesa Giampaolo Di Paola che lo raggiunge per salutarlo. Gli oltre trecento musicisti e cantanti, tutti rigorosamente in nero occupano quasi l’intera scena offrendo un’immagine mozzafiato. In prima fila, in platea, anche Gianni e Maddalena Letta e il sindaco Gianni Alemanno. Applausi scroscianti anche per il regista Pier’Alli, artefice di uno spettacolare impianto scenico che ha reso possibile il connubio tra cinema e opera riuscendo a trasmettere, attraverso tre maxi schermi, le immagini evocative del film di Sergej Ejzenštejn, per cui nel 1938 è stata scritta l’opera musicale, elaborate insieme ad una sua personale interpretazione artistica. L’entusiasmo del pubblico è incontenibile e gli animi dei protagonisti sono in fibrillazione.

Mentre tutto è pronto per il grande debutto poco distante dalla folla, orgoglioso e visibilmente emozionato, il Sovrintendente del Teatro dell'Opera di Roma Catello De Martino si preoccupa di ringraziare lo staff, i responsabili dei tecnici ed i suoi più stretti collaboratori per aver reso possibile un’organizzazione di assoluto prestigio «a volte molti non ci pensano - dichiara De Martino - ma dietro ad una esecuzione del genere c’è il lavoro e il sudore di macchinisti, tecnici, elettricisti, operai e tanti altri. Questa città merita eventi dal respiro internazionale come questo e siamo fieri di essere riusciti nell’intento di comunicare con la musica, il cui linguaggio da sempre unisce popoli, religioni superando qualsiasi barriera». La musica, si sa, mette meravigliosamente tutti d’accordo.

Go to the original article 

 

Temirkanov nel paradiso dell’orchestrazione

 

Patrizia Luppi
10 luglio 2012
 

Tra Rimskij-Korsakov e Musorgskij-Ravel, una prova magistrale della Filarmonica di San Pietroburgo con il suo direttore principale al Ravenna Festival Ravenna Festival. Yuri Termirkanov e la violinista Sayaka Shoji Dalla fiera spalla Lev Klychkov – chioma leonina e notevoli qualità di solista – giù giù fino all’ultimo leggio, l’Orchestra Filarmonica di San Pietroburgo gode di una meritatissima fama di compagine potente, compatta, duttile e preparatissima. Yuri Temirkanov la diresse per la prima volta nel 1967 e da allora non ha mai sciolto il felice sodalizio che dal 1988 lo vede nella doppia carica di direttore artistico e principale della Filarmonica.

Temirkanov dirige da sempre senza bacchetta. Con la sua gentile ma amara ironia, spesso ricorda: «quando iniziai, l’unico produttore in Russia scomparve. A quell’epoca non si trovava neppure la carta igienica, cercare altrove una bacchetta non era neppure da pensare. Mi dovetti adeguare». E fece di necessità virtù, costruendo quel suo caratteristico gesto, finemente articolato e sommamente espressivo, che ha conquistato le orchestre di tutto il mondo.

La Filarmonica di San Pietroburgo e Temirkanov, durante la tournée italiana di questi giorni, hanno fatto tappa domenica 8 al Ravenna Festival. Tra l’ouverture La grande Pasqua russa di Rimskij-Korsakov e i musorgskijani Quadri di un’esposizione trascritti da Maurice Ravel, ci si è ritrovati nel paradiso dell’orchestrazione: l’evocazione di antichi riti religiosi da parte del compositore russo e il ricordo della mostra di un amico pittore scomparso, originalmente scritta per pianoforte da Musorgskij, ispirano due partiture magistrali, dove l’impasto dei registri sonori e lo sciorinio dei colori ogni volta meravigliano e incantano.

Nonostante l’acustica del Palazzo Mauro de André (originariamente dedicato solo allo sport, ma divenuto poi abituale sede concertistica del Festival), che rimane non ottimale nonostante i notevoli interventi migliorativi, si è grandemente apprezzata la vividezza e la raffinatezza dell’interpretazione di Temirkanov, direttore sempre in grado di conciliare la massima eloquenza con l’eleganza della misura.

Le stesse qualità innervavano la prestazione orchestrale nel Concerto per violino in mi minore di Mendelssohn, posto nel cuore del programma. A tale cuore pulsante ha inflitto però un po’ di freddo la violinista giapponese Sayaka Shoji. Precoce vincitrice, a 16 anni nel 1999, del Premio Paganini di Genova, la minuta e sorridente strumentista ha mostrato la debita sicurezza e perfino spavalderia virtuosistica, una tecnica ineccepibile e un’intonazione millimetrica, ma è parsa rimanere a un’eccessiva distanza dall’ispirato lirismo che è parte fondante della magnifica composizione mendelssohniana.

© Riproduzione riservata

Go to the original article 


Schoppy il blog che recensisce il mondo

 
 

Quelle interviste su RSera che nessuno leggerà

 

Jurij Temirkanov, voce calda, profonda, baritonale, è un uomo pacato e disponibile ma capace di infiammarsi sul podio quando affronta il grande repertorio tradizionale russo e l’opera italiana, musiche a prima vista lontane ma che in comune hanno invece «la massima capacità di esprimere la passione». Temirkanov, 74 anni, russo, uno dei massimi direttori viventi, è in Italia in questi giorni per due diversi appuntamenti. Il primo a Roma – domani alle Terme di Caracalla – è un concerto doppio in cui unirà la sua Orchestra Filarmonica di San Pietroburgo a quella del Teatro dell’Opera di Roma. La prima parte del concerto sarà prettamente sinfonica con musiche di Rimskij-Korsakov; nella seconda invece verrà eseguita la cantata dall’Alexandr Nevskij di Prokof’ev mentre alle spalle della super orchestra e del coro verranno proiettate le immagini che Pier’Alli ha pensato appositamente per rinnovare la seduzione epica che Ejzenštejn aveva realizzato splendidamente col suo film del 1938. L’altro appuntamento è a Ravenna, l’8 (poi a Siena il 10), con musiche di Rimskij-Korsakov, Čajkovskij, Musorgskij e… Mendelssohn, una sorta di mosca bianca in programma russo fino al midollo.

Maestro, ancora e sempre i russi… Sono la sua specialità?

«Si è nel tempo diffusa la credenza che io sia specializzato in musica russa. Non è vero. È che mi chiedono solo quelli. In Giappone, in America, in Italia, ovunque vada, vogliono che esegua i russi, altrimenti non si vendono biglietti, dicono. Ma io vorrei portare in giro anche la musica contemporanea europea».

Le interessa la contemporanea? Perché in effetti non la si sente spesso dirigere musiche d’oggi.

«Ci riesco soprattutto in Russia. Ho tenuto a battesimo l’opera di Rodion Shchedrin tratta da Gogol, Anime morte. È stato un grande successo. Eseguo spesso opere di Giya Kancheli, che mi piace molto. Come regola etica ho quella di suonare solo la musica che mi piace. È anzi il dovere di ogni musicista: ogni volta che si sceglie di interpretare un compositore, la sua deve essere in quel momento la musica più bella del mondo. Altrimenti si deve rinunciare».

Lei in Italia viene spesso, le piace? Noi ci stiamo convincendo che il pubblico italiano stia regredendo e che la musica non gli interessi più…

«In Italia mi trovo benissimo. Il vostro credo sia lo stato dove in assoluto si vive meglio. L’atteggiamento verso la musica in generale è lo stesso dappertutto. La vera cultura, che non quella della tv, è in difficoltà in tutto il mondo, anche in Russia o in Germania c’è il problema del pubblico più giovane, l’Italia non è un’eccezione negativa come pensate. E non mi interessa se c’è un pubblico ignorante, anzi le dico che se accade che durante un concerto la gente applauda quando non deve, sono contento perché vuol dire che uno spettatore nuovo è venuto ad ascoltare».

La musica che Prokof’ev ha scritto per il film di Ejzenštejn, Aleksandr Nevskij, sembra oggi essersi svincolata dale immagini, come mai?

«Perché Prokof’ev è stato un genio. È strano come questa musica che fu scritta per un film, sopravviva al film stesso. L’opera di Ejzenštejn oggi risulta naïf, ma la musica è attualissima: nessuno guarda più il film mentre la musica viene suonata dappertutto».

Quindi bisogna essere dei geni per scrivere musica per film che possa avere senso anche senza il cinema? Cosa pensa dei compositori che lavorano per il cinema?

«Che è il tempo a decidere. Moltissime musiche per il cinema scritte da compositori di colonne sonore resteranno ancorate alle immagini per cui sono state pensate. Solo la grande musica riesce invece a diventare indipendente».

E il cinema? Lo segue?

«Quasi mai, ora. Fino a venti anni fa mi interessava; ho visto tutta la grande commedia italiana, il vostro cinema dei tempi d’oro. Oggi ragiono come per le partite di calcio: assisto solo alla finale. Così guardo solo i film premiati ai festival».

Ci sono casi in cui musica e politica si mischiano, a volte con compromessi quasi nocivi, come nel caso di Shostakovich. È giusto o le due cose devono restare separate?

«Ogni compositore nasce in una precisa epoca storica e deve fare i conti con l’ambiente in cui è nato, non può estraniarsi. Ma il caso di Shostakovich fa veramente eccezione perché ciò che ha dovuto subire poteva scaturire solo da un regime infame come quello di Stalin».

Go to the original article

 

 

 

 

Io, cresciuto a pane e Prokof’ev

La sua musica è scenografica
Yuri Temirkanov e il rapporto (anche familiare)
con il musicista di cui presenta il «Nevskij»
 


«La musica non è solo una somma o una sequenza di note. La musica è innanzitutto emozione; se manca questa e si fanno sentire solo le note, allora non si può parlare di musica».

Belle le parole di Yuri Temirkanov, ma non è per queste che la sua esibizione a Caracalla è attesa come uno degli appuntamenti più emozionanti dell'intero festival. Non basterebbe neppure l'essere considerato il settantaquattrenne maestro uno dei massimi direttori viventi, capace di infiammare le platee dell'intero pianeta con la formidabile Filarmonica di San Pietroburgo; e non sarebbe sufficiente neanche aggiungere che pochi, anzi pochissimi al mondo, sanno andare al fondo della musica russa quanto lui (quanti teatri avrà commosso nella sua lunga e gloriosa carriera anche solo dirigendo la «Patetica» di Ciajkovskij?). A rendere speciale il concerto del 7 luglio è il legame anch'esso speciale che unisce Temirkanov a Prokof'ev: il programma prevede infatti, accanto ad un'antologia da «La leggenda della città invisibile di Kitez» di Rimskij-Korsakov, la cantata «Alexander Nevskij», composta da Prokof'ev nel 1938 come musica dell'omonimo film di Ejzenstejn: tra musicisti della Filarmonica, quelli dell'Opera di Roma e i coristi sul palco ci saranno oltre 200 artisti.

«Siamo nati nella stessa città, Nal'chik, che si trova nella Russia caucasica; mio padre lo conosceva personalmente, addirittura gli commissionò un quartetto, chiedendogli di intesservi dei temi popolari delle nostre terre. Ovvio che questa circostanza biografica abbia favorito una predilezione artistica». Una predilezione che Temirkanov ha maturato attraverso uno studio rigoroso: «Mi sono formato sulle sue sinfonie: una delle prime che studiai fu la Quinta, come debutto sul podio scelsi la Prima». Ai suoi tempi, cioè poco dopo la morte dell'autore (1953) e fino a un paio di decenni fa, la musica di Prokof'ev era assai poco eseguita, e il catalogo conosciuto si risolveva in pochi titoli. È anche grazie a Temirkanov che si è assistito a una vera e propria «Prokof'ev renaissance»: «Il suo linguaggio è assolutamente personale, usa soluzioni uniche per arrivare a esprimere le emozioni; ed è anche molto attuale, perché ha una grande potenza evocativa, procede per immagini».

Suggestioni, immagini, forza evocativa: se ci sono aspetti che possono unire l'«Alexandr Nevskij» allo scenario in cui verranno proposte, sembrano proprio questi. Ma accanto alle affinità anche storiche tra opera e luogo (l'epopea del condottiero che affrontò i cavalieri teutonici e le orde barbariche che deturparono la magnificenza delle Terme, solo per citare l'esempio più ovvio), Temirkanov sottolinea l'importanza di riproporre un tale titolo: «Come la musica per balletto, quella scritta per il cinema doveva sottostare alle esigenze del regista: era la pellicola a determinare come eseguirla, se forte o leggera, veloce o lenta. Così, ridotta a mero accompagnamento, spesso veniva deformata e snaturata. Il riproporla a se stante, in sede di concerto, permette di restituirla nella sua originalità e verità, che tra l'altro è ancor più spettacolare e ad effetto di quando accompagna il film».

Per l'occasione unirà la «sua» Filarmonica di San Pietroburgo al Coro e all'Orchestra del Teatro di Roma: «Non parliamo di orchestra madrelingua, di unione dei diversi eccetera; non riesco a concepire un'etichetta musicale "di russo" neppure appiccicata a me, figurarsi ad orchestre dove suonano professori di diverse nazioni. Quel che conta è il contatto umano che si riesce a instaurare: l'unità arriva quando l'orchestra ti giudica in diritto di starle di fronte, perché la stai portando in una direzione interessante».

Enrico Parola
29 giugno 2012
 

Go to the original article 

 

Kymen Sanomat May 19, 2012

Sinfonietta to play with top orchestra

The Kymi Sinfonietta is to give two joint concerts in June with musicians from the St. Petersburg Philharmonic. The result will be a large orchestra, because the Kymi Sinfonietta will be reinforced with about 30 top musicians from St. Petersburg.

The idea of collaboration between the two orchestras has been hatching for a long time. Last year’s Lohisoitto provided a foretaste of what was to come when Alexeev conducted the Kymi Sinfonietta in the opening concert.

The aim of the collaboration is to arrange cultural events of the highest international standard and to combine the musical excellence of Kymenlaakso [SE Finland] and St. Petersburg.

Joint concert by the Kymi Sinfonietta and the St. Petersburg Philharmonic at the Kotka Concert Hall at 7 pm on June 6 (opening concert of the Lohisoitto festival) and at the Kuusankoski Hall at 7 pm on June 7.

Pдivi Taussi / Kymen Sanomat June 5, 2012

St. Petersburg Philharmonic and
Kymi Sinfonietta in a 60-player line-up

Today it [St. Petersburg Philharmonic] joins forces with the Kymi Sinfonietta, and on Wednesday and Thursday the orchestras will play together.

Conductor Nikolai Alexeev doesn’t foresee any problems in working together.

‘It’s a bad sign if the conductor talks a lot. The less talk there is, the better. I suspect I won’t say a word,” he reckoned in speaking about Tuesday’s rehearsals.

The concert’s composer – or rather two of his works – is also a neighbour. Nikolai Alexeev presumes that the music of Pyotr Tchaikovsky is not performed here all that often.

‘We like performing in Finland. It makes a change.’

‘Tchaikovsky charged his music with so much feeling and force. The concerts are emotionally challenging,’ says the conductor.

When asked whether he expects people to laugh or cry at the concerts, his reply is ‘Welcome to the concert.’

On Monday afternoon there were about 30 tickets left for the opening Lohisoitto concert. So people intending to go to the concert cannot rely on getting tickets at the door.

Reijo Paavola / Kymen Sanomat June 8, 2012

Virtuosity and grand emotions

The two great favourites in romantic musical literature heard at the opening Lohisoitto concert afforded those present an experience unusually rich for Finland.

The Kymijoen Lohisoitto festival began with a magnificent concert. The collaboration with the St. Petersburg Philharmonic made it possible to create a world of sound on a grand orchestral scale.

The visitors escorted the audience into a world of Russian tradition in which grand emotions assumed the leading role. On the programme for the night were two great favourites in romantic musical literature that afforded those present an experience unusually rich for Finland.

[Tchaikovsky’s Piano Concerto No. 1] Nikolai Alexeev the conductor painted in broad orchestral strokes and, in the slow movement, restrainedly lyrical hues. […] [In Tchaikovsky’s Symphony No. 6] he captured the symphony’s emotional world and brought out the different layers of the text. The strongly-internalised interpretation did justice to its powerful message.

The second movement also let in light and the third-movement march, brimming with self-assurance, came across as unrelentingly incisive. Onto the finale, charged with despair, the orchestra, with its concentrated expression, traced clouds of melancholy.

Poltergeist und Elfenspuk

 

Julia Fischers umjubelter Auftritt mit den St.Petersburger Philharmonikern in der Alten Oper

Das zweitägige Frankfurt-Gastspiel der Weltklassegeigerin und des Traditionsorchesters aus Russland bescherte hochkarätigen Klassikgenuss.

 Hochkonzentriert: die Geigerin Julia Fischer bei ihrem Auftritt in der Alten Oper. Sie spielte dort unter der Leitung von Yuri Temirkanow an zwei Abenden die Violinkonzerte von Sibelius und Mendelssohn, begleitet von den St. Petersburger Philharmonikern. Foto: Wolfgang Runkel

Er wird ja immer wieder gerne zitiert, der Elfenspuk im Finale von Mendelssohns Violinkonzert. Und an diesem, dem zweiten Frankfurter Abend mit Julia Fischer und den Petersburger Philharmonikern, schien es tatsächlich so, als würde in der Alten Oper ein Sommernachtstraum in Erfüllung gehen: Julia Fischer ließ auf ihrer Geige im Mendelssohn-Konzert die Elfen tanzen, als hätte sich der Saal im Nu in Oberons Zauber- und Feenreich verwandelt. Selten hört man das berühmte Werk heutzutage mit einer solchen romantischen Emphase und mit einem solch wunderbar schmelzenden Violinton.

Fernab von klassischer Ebenmäßigkeit kostete Julia Fischer, die ja zu den Stammgästen in der Alten Oper gehört, kleinste Details der Partitur aus, bescherte Momente des Innehaltens, um sogleich wieder virtuos Tempo zu machen und sich mit Verve in das furiose Finale zu stürzen. Immer wieder faszinierend: ihre Balance aus hochexpressiver Risikobereitschaft und technischer Kontrolle.

Ansteckende Spiellaune

Die St. Petersburger Philharmoniker unter Altmeister Yuri Temirkanow am Dirigentenpult unterstützten Julia Fischer dabei mit ansteckender Spiellaune – eine Eigenschaft, die das Orchester schon bei der Eingangsnummer, Rossinis Ouvertüre zum "Barbier von Sevilla", unter Beweis gestellt hatte. Klanglich filigran und doch mit dem richtigen theatralischen Tonfall und vor allem mit dem nötigen Schalk im Nacken machte Temirkanow aus der Rossini-Ouvertüre ein sektlauniges Kabinettstückchen.

Die große Stunde fürs Orchester schlug freilich mit Tschaikowskys fünfter Sinfonie. Natürlich entfalteten die Petersburger hier den großen, dunkel-erdigen Tschaikowsky-Sound, aber er uferte keineswegs aus, sondern war streng gestrafft. Temirkanow ließ keinen Raum für falsche Sentimentalitäten. Er folgte stringent der inneren Dramatik dieses Bekenntniswerks. "Schöne Momente" wirkten wie flüchtige Reminiszenzen an vermeintlich glückliche Tage, und das von den Blechbläsern in gleißendes Licht getauchte Finale jagte in unerbittlicher Motorik dahin, als wollte es alle bösen Geister vertreiben.

Große Momente bot auch der erste Gastspiel-Abend mit Julia Fischer und den St. Petersburger Philharmonikern tags zuvor. Das Orchester hatte einen reizvollen Gruß aus seiner Heimat nach Frankfurt mitgebracht: die knappe sinfonische Dichtung "Kikimora" des 1855 geborenen St. Petersburger Komponisten Anatoli Ljadow. Dieses Porträt eines im russischen Volksglauben verbreiteten Poltergeistes ist ein reizvoller Orchester-Spuk, mit Xylofon-Klirren und gespenstischen Bläser-Einwürfen. Die St. Petersburger Philharmoniker und Dirigent Yuri Temirkanow setzten das konzise Stück eingangs wunderbar farbkräftig und leicht hingetupft in Szene.

Seit 1988 ist Yuri Temirkanow Chefdirigent des Orchesters und hat damit noch nicht einmal die halbe Amtszeit seines legendären Vorgängers erreicht: Jewgeni Mrawinsky leitete ein halbes Jahrhundert lang, von 1938 bis 1988, die Geschicke der damaligen Leningrader Philharmoniker. Kontinuität bedeutet bei den St. Petersburgern freilich keineswegs nur gesetzte Routine. Die Aufführung des Violinkonzerts d-Moll op. 47 von Jean Sibelius begleiteten sie nämlich vital, perfekt durchhörbar und schattierungsreich.

Makellose Tongebung

Geigerin Julia Fischer bewies einmal mehr ihre technische und musikalische Souveränität. Klar leuchtend und in diesem Werk treffend kühl klang ihre makellos reine Tongebung. Ganz ohne Mühe spielte sie die kniffligen Flageolett-Gänge des Finales, leicht und wendig klangen die zahlreichen Doppelgriff-Passagen, die sich in ihrer Zugabe, der 13. Solo-Caprice von Paganini, fortsetzten.

Dvoráks neunte Sinfonie "Aus der Neuen Welt" in e-Moll op. 95 entfalteten Temirkanow und die St. Petersburger klanglich eine Spur voluminöser und im langsamen zweiten Satz noch elegischer, als man das Werk im Ohr haben mag. Der Beifall, leider bereits zwischen den Sätzen, war zu Recht groß. Als Orchester-Zugaben folgten, wie übrigens auch am zweiten Abend, eine Bearbeitung von Edward Elgars "Salut d’amour" sowie ein Satz aus Strawinskys "Pulcinella"-Suite.

Michael Dellith und Axel Zibulski

Go to the original article 



Martin Kettle 
Monday 26 March


The Russian violinist's London return
is a little subdued, but the orchestra lets rip

St. Petersburg Philharmonic starts its UK tour

St Petersburg Philharmonic Plays Russian Masterworks 

Abu Dhabi fest celebrates ‘Resplendent Russia'  


Saturday, March 24, 2012

Abu Dhabi Festival, the UAE's classical arts event that attracts high calibre regional and international artists to the capital every year, celebrated ‘Resplendent Russia’ with violin virtuoso Maxim Vengerov and The St Petersburg Philharmonic Orchestra.

Conducted by Maestro Yuri Temirkanov, the Internationally-inspired repertoire delivered the distinctive works of Tchaikovsky and Rossini to a full house in the Emirates Palace Auditorium.

Vengerov, regarded as one of the world’s most outstanding violin artists, partnered with Russia’s oldest symphonic ensemble, the St. Petersburg Philharmonic Orchestra for an evening celebrating ‘Resplendent Russia’ on Friday night as part of the festival.

Considered amongst part of the world’s conducting elite, award-winning Maestro Yuri Temirkanov, chief conductor of the St. Petersburg Philharmonic Orchestra led a flawless performance.

Opening with the rousing Overture from opera The Barber of Seville by Rossini, the rapturous audience were then transported on a journey through Tchaikovsky’s classical greats.

UN Goodwill Ambassador Vengerov joined the orchestra as soloist for a soulful rendition of Tchaikovsky’s deeply moving Violin Concerto in D. The St. Petersburg Philharmonic Orchestra brought the evening to a close with Tchaikovsky’s stunning Symphony No. 4 in F minor.

Speaking after the performance, Hoda I Al Khamis Kanoo, the artistic director and founder of the Abu Dhabi Festival, said: 'This evening’s concert celebrated the very best of Russia’s lasting contribution to classical music and performance. We have truly ‘connected cultures’ through the Abu Dhabi Festival this evening.'

As a true advocate of musical education, during his visit to Abu Dhabi Maxim Vengerov took on his teaching role and interacted with local students through ‘Back to School with Mubadala’, an educational initiative that takes visiting performers into schools and community centres across Abu Dhabi.

The famous Russian conductor and dynamic violinist visited GEMS International School yesterday and inspired students with a mini-performance and masterclass on playing the violin. Maxim’s natural passion for nurturing the youth reemphasized the importance of music in a child’s development as he noted “our greatest investment is in our children.”

The Abu Dhabi Festival, which is currently enjoying its ninth successful cycle, will run up to April 6.-TradeArabia News Service. 

Go to the original article

GIORNALE DELLA MUSICA. it

Temirkanov the Great
di Susanna Franchi

Battono le mani ritmicamente, si alzano per una standing ovation, si sussurrano emozionati l’elenco dei bis che hanno ascoltato: sono i temirkanoviani, un esercito festante e fedelissimo, gli ammiratori di Yuri Temirkanov. Sono una maggioranza silenziosa ma plaudente, che affolla le sale da concerto dove Yuri the Great dirige. Succede sempre così ad ogni suo concerto, è successo a Milano, è successo negli scorsi anni, è successo ieri sera a Torino per l’ultimo dei due concerti “Dalla Russia con amore” che ha tenuto per Mito con la sua Orchestra Filarmonica di San Pietroburgo. Finisce con Temirkanov che sorride, si mette la mano sul cuore, allarga le braccia per dire all’orchestra di sciogliere le righe e il pubblico che invece vorrebbe rimanere ancora lì a risentire, solo per fare un esempio, quei pizzicati dei contrabbassi (nove, schierati a sinistra dei direttore) che sono un colpo al cuore (il finale della Patetica!). E dei due concerti torinesi rimangono nelle orecchie e negli occhi: lo sguardo da papà soddisfatto con il quale Temirkanov guardava Lugansky che suonava Rachmaninov, i sorrisi degli orchestrali che si guardavano tra loro mentre suonavano Pulcinella, l’emozione straziante dei due bis (Elgar e Cajkovskij) che Temirkanov e i suoi suonano senza retorica.

09 settembre, 2011 - 10:56

Go to the original article

 

© 2000-2013, Copyright Saint-Petersburg Philharmonia®

Рейтинг@Mail.ru